
Hay una línea bien delgada y a ratos bien engañosa entre la intuición y la paranoia. No porque sean lo mismo, sino porque en ciertos estados… se pueden sentir casi iguales. Ambas traen información, ambas se sienten reales, ambas te pueden cambiar completamente la forma en que estás percibiendo lo que está pasando. Pero no nacen del mismo lugar.
La paranoia es la mente intentando protegerte… pero pasándose varias películas. Arma historias rápido, une puntos que a veces ni siquiera están conectados, y te deja con esa sensación media tensa, como de tener que entender al tiro qué está pasando. Interpreta más de lo que percibe. Se adelanta. Se apura.
La intuición no funciona así. No mete ruido. No te empuja. Es más piola… pero firme. A veces ni siquiera llega en palabras, pero igual se siente clara. No siempre es cómoda, pero no viene desde el miedo.
En estados más “normales”, esta diferencia puede ser más fácil de notar. Pero cuando la conciencia se flexibiliza, en procesos profundos, estados ampliados o experiencias psiconáuticas, la cosa se pone más difusa. Y ahí ya no es teoría, es experiencia directa.
Debo confesar querida o querido lector, que este articulo tuvo varios inicios, borrones, muchas vueltas, resistencia y formas de escritura. Desde que surgió la idea de este título para mi nuevo artículo, fue como si algo diera pie para que comenzarán a suceder los hechos que a continuación les voy a expresar. Todo comenzó a tomar forma en mis viajes y en otros viajes… Y en esta escritura, sí me atreveré a contarles de mi propia experiencia Psiconáutica.
Primer umbral: Todo inicia con una firma.
Mi relación con estos estados no parte desde las sustancias. Hay un lenguaje que mi sistema ya conocía… mucho antes de ponerle nombre. Parte desde lo onírico. Así podría identificar mi Psicodelia. Mi relación con el DMT es sentirme en casa, viajes muy oníricos, sueños, historias, cuentos… Y es con esta sustancia donde comienza este viaje.
El 20 de febrero algo se abrió. Aparece un caleidoscopio. Pero no como figura… sino como portal. Todos mis viajes de DMT se muestra a través de un calidoscopio, hasta esta fecha…
Y dentro de este calidoscopio, una historia.
Un espacio tipo establo.
Un movimiento.
Un sonido.
Y de pronto: una piedra.
Se rompe todo. Se rompe el calidoscopio.
Y ya no estoy mirando. Estoy adentro.
Tres espacios. Dos cubiertos con una tela blanca. Uno abierto.
Y ahí… ella.
Una zorra.
Elegante, hermosa, viva.
De esas presencias que no necesitai entender… solo mirar.
También había un libro.
Un atril.
Y una invitación sin palabras.
Las páginas en blanco.
Y ahí aparece mi lado más humano, más chora y confrontacional:
“ni cagando firmo algo que no entiendo”.
Pero algo más profundo ya había dicho que sí. Porque desde mi propia boca… desde mi propio aliento al decir esas palabras… sale como humo algo que firma igual.
Y paf.
La experiencia se abre.
Risa.
Goce.
Placer.
Mi cuerpo y todo mi ser sintiendo todas estas emociones.
Pero queda algo dando vuelta:
¿qué chucha firmé?
Eso repetía una y otra vez al regresar, le preguntaba a mis dos acompañantes de viaje la misma pregunta una y otra vez.
Segundo umbral: cuando la experiencia sigue
Al día siguiente, la experiencia no se había ido. Solo cambió de escenario.
Me toca sostener una sesión grupal y una mujer entra en un proceso intenso. De esos que desde fuera alguien podría decir “paranoia”… pero desde dentro no se sentía así.
Era memoria.
Era dolor saliendo.
Era algo que necesitaba pasar por el cuerpo sí o sí.
Y ahí estaba yo… no controlando, no dirigiendo, sino siendo una especie de puente. Puag, con lo que me cuesta aún mencionar ciertos conceptos mal utilizados en la espiritualidad. Pero bueno, las personas que estuvimos ahí presenciamos lo que llamamos el “Viaje colectivo”.
Fue exigente, estricto el momento y por sobre todo desafiante.
Mi cuerpo quedó agotado.
Pero algo en ella se ordenó.
Y algo en mí seguía moviéndose. La zorra aparecía cada vez más. Más feliz. Más presente.
No daba miedo. Era una alegría genuina… casi cómplice.
Y yo seguía pegada con la misma cuestión: como cuando querís acordarte de un sueño y no podí.
¿qué firmé? Me preguntaba una y otra vez esa noche y al día siguiente, y al día siguiente…
Y ahí empieza una tensión más fina.
No hay miedo claro.
Pero sí hay búsqueda.
No hay peligro evidente.
Pero sí hay mente tratando de armar algo.
Tercer umbral: La locura como portal.
Días después, en otro espacio que para mí también es sagrado, la pista, el psytrance, el trance compartido, ocurre algo que termina de mover todo.
Otra vez acompañar, o en realidad también fue una compañía hacia mí, hacia todos los presentes. Lo siento mas así.
Otro estado intenso.
Algo que algunos llamarían “locura”,
o derechamente la academia lo llamaría un “brote psicótico”. Pero no todo cabe en esa mirada.
Desde la psicología transpersonal, como propone Stanislav Grof— estos estados también pueden entenderse como emergencias psíquicas o espirituales. Momentos donde se abre demasiado contenido de golpe: memorias, símbolos, emociones, capas profundas de la psique… todo junto, sin filtro.
Desde fuera, parece desorganización.
Desde dentro, puede ser una experiencia profundamente significativa…
pero sin estructura.
Y aquí está lo delicado: sin sostén, sin contexto, sin cuidado… lo que podría ser transformador puede volverse desbordante.
Porque sí, hay verdad en estos estados.
Pero no todo lo que aparece… es verdad literal.
Y ahí la paranoia puede meterse fácil. Toma contenido real… y lo convierte en historia rígida. En certeza apurada.
Por eso, ser Psiconautas no es solo abrirse. Es saber sostener. Saber cuándo acompañar, saber cuándo pausar. Porque no todo se tiene que empujar. A veces, el acto más consciente es parar un poco la moto y decir: “esto necesita más tierra”.
También implica reconocer algo incómodo: no todos estamos preparados para sostener a otros, aunque hayamos viajado harto. Porque acompañar no es meterse en el viaje del otro. Es estar lo suficientemente presente para que el otro no se pierda.
Y eso requiere cuerpo, regulación y harta honestidad. En ese espacio, algo cambia. De intentar controlar… a aprender a surfear.
El proceso atraviesa y algo se ordena, más firme más propio, más tú.
Y eso también reordena la vida. Los vínculos cambian. Aparece una claridad simple, pero potente: no todos van a entender tu camino… y está bien. Pero sí hay gente que puede estar contigo sin juicio. Y eso… vale oro.
Si lo miro desde una perspectiva fenomenológica, la pregunta no es de inmediato si algo es intuición o paranoia. Es: ¿cómo se está viviendo esto? Antes del nombre, antes de la interpretación… hay experiencia.
Un cuerpo sintiendo.
Una percepción que cambia.
Un tiempo que se estira o se rompe.
En estos estados, lo interno y lo externo se mezclan. Los símbolos se sienten reales. Las emociones toman forma. Y desde dentro… todo es completamente real.
La pregunta no es si la zorra existía o no. Es: ¿cómo se sentía su presencia? ¿qué generaba en el cuerpo? ¿abría o contraía?
Porque la diferencia no está tanto en el contenido… sino en la cualidad de la experiencia.
La paranoia aprieta.
Acelera.
Exige entender al tiro.
La intuición, en cambio, no empuja así.
Puede ser intensa,
pero no te obliga a cerrar.
Y eso se siente en el cuerpo, en la respiración, en la tensión. Por eso, no todo lo intenso es paranoia y no todo lo sutil es intuición.
A veces, el problema no es lo que aparece… es la rapidez con la que intentamos entenderlo.
Mi conclusión lleva a: La pregunta que se transforma.
Pasé días tratando de entender qué había firmado. Pero en ese intento… me di cuenta de algo: la necesidad de entender todo… también puede ser una trampa.
Ahí la paranoia se pone fina. No como miedo evidente, sino como urgencia de certeza. Pero la intuición no te apura.
Y la pregunta cambia: de ¿qué firmé? A ¿qué parte de mí ya había dicho que sí?.
Porque quizás no fue un contrato externo. Sino un movimiento interno, una apertura, una disposición a entrar en lo desconocido… aunque no tengai todo claro.
En estos estados, el desafío no es tener todas las respuestas. Es no perderte en la necesidad de tenerlas.
Hoy no sé exactamente qué firmé. Pero sí sé esto: hay experiencias que no son para entenderlas al tiro… son para integrarlas. Y hay preguntas que no se responden. Se transforman.
Parte del trabajo psicológico, y también del trabajo psiconáutico, es aprender a observar nuestra mente sin creerle todo inmediatamente. Porque a veces lo que sentimos como intuición es sabiduría corporal. Y otras veces… es simplemente miedo con muy buen marketing…
Y como me gusta invitarte al cuestionamiento te lo dejo de la siguiente forma:
Paranoia: certeza rígida.
Intuición: duda flexible.
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El.sobrevivientee at 11:47 pm, abril 16, 2026 -
Que buena experiencia, quisiera alguna vez sentir un viaje para poder conectar mas con tus conocimientos! , siento que para mi la intuicion es la capacidad de anticiparse a lo inevitable, algo natural… algo humano… Y la paranoia podria ser la necesidad de saber que sucedera creando escenas ficticias, para mi, la diferencia esta tambien en una linea de tiempo, la. Intuicion es mas inminente, la paranoia trabaja en lapsos de tiempo mas grandes. Es muy interesante lo que hablas, quisiera saber mas sobre lo que llamas umbral, saludos!
Isabel Villegas at 11:52 pm, abril 16, 2026 -
Gracias Simón por tu comentario! Umbral? Que buena observación. Umbral es el comienzo o fin de algo nuevo. Como Cuando te posicionas justo en esa puerta. Se inicia algo y a la vez se termina.
Tate at 1:11 am, abril 17, 2026 -
Hermoso sabio y detallista tu escritura isa, ahora a aterrizar esos pensamientos en Mi realidad, dandole el lugar pertinente a cada uno. Una vez alguien me dijo: en la casa de la certeza la duda se hace una fiesta. Gracias isa por invitar al pensamiento interior.
Isabel Villegas at 7:33 pm, abril 24, 2026 -
Gracias a ti por leer, integrar y llevarlo a la práctica