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  • enero 22, 2026

Ego puente

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En el siguiente Artículo compartiré algunos detalles y narrativas que tuve en un viaje, mi propia experiencia de un viaje psicodélico, donde incorporé, sin buscarlo, mi propio trabajo de Ego, que no termina con esta narrativa, comprendiendo que solo comenzó desde aquel viaje.

Quiero que sepas que me hubiese encantado dar más detalles del viaje que describo en este texto, la verdad, considero más importante entregar un espacio de cuestionamiento e incorporar herramientas en nuestro desarrollo personal. Quizás, en algún momento me sienta más abierta a contarles un viaje.

Te invito a viajar conmigo, en una lectura que te sumergirá al viaje mismo y te sacará en pausas para ir integrando en teoría. Te invito al vaivén de la experiencia misma. 

Antes, me parece importante especificar que es el Ego.

El Ego se configura como un sistema de identificación: incluye los roles que habitamos (profesional, madre/padre, terapeuta, pareja, amiga/amigo, etc.), las historias que contamos sobre nosotras(os) mismas(os) y las formas aprendidas de vincularnos con el entorno. No es la totalidad del psiquismo, sino su cara funcional, aquella que hace posible la adaptación y la interacción social.

En este sentido, el Ego se relaciona directamente con la máscara, no como falsedad, sino como un canal relacional. La máscara no oculta necesariamente lo auténtico: lo traduce. Permite que lo interno sea legible para el mundo externo. Sin ella, no habría lazo social ni pertenencia simbólica.

El problema clínico no reside en tener un Ego o portar una máscara, sino en la confusión entre función e identidad esencial. Cuando el sujeto se identifica rígidamente con su rol, cuando es la máscara en lugar de usarla, el Ego deja de ser una herramienta y se transforma en una estructura defensiva cerrada y rígida. Allí aparece el sufrimiento: pérdida de flexibilidad, empobrecimiento de la experiencia y desconexión de dimensiones más profundas del sí-mismo.

Salto.

Una pipa en mi boca, Inhalo el humo, el humo denso…

  • “Querido ego mío, soy yo de nuevo. Parece que me cuesta entenderte más de lo que creo. Aun así, me doy el derecho de escribirte y hablar de ti.

Me encuentro en la justa embriaguez del viaje, en ese punto donde la conciencia se expande y, al mismo tiempo, se fragmenta, donde mi cuerpo siente un hormigueo, y mis latidos del corazón se aceleran, el humo me obliga a cerrar mis ojos y rendirme. Un estado de éxtasis silencioso, mi cuerpo tirita. Y entonces surge una pregunta clara, casi inevitable: ¿vienes en nuestra ayuda o te vuelves enemigo?”.


En este punto ocurre algo sutil. No es una caída ni una disolución completa (aun que en este umbral sentimos que no estamos en el aquí), sino un umbral. El ego (ese organizador de la experiencia) no desaparece; cambia de función. Deja de controlar y comienza a traducir. A esto lo llamo ego-puente: una estructura transitoria que permite cruzar entre lo ordinario y lo no ordinario sin rompernos en el intento.

Se nos indica que tener experiencias de este tipo es sentir como nuestro ego solo se desvanece. ¿Y qué pasa si te menciono que justamente es en estas experiencias donde podemos formar un ego puente?

Carl Gustav Jung hablaba de la función trascendente como ese tercer elemento que emerge cuando la conciencia se encuentra con lo inconsciente y no huye. No se trata de elegir un lado, sino de sostener la tensión hasta que algo nuevo pueda nacer. El ego-puente es ese sostén vivo.

Salto.

  • “No logro identificar si no te escucho por el vacío en el que me encuentro, flotando y sintiendo, a la vez, que estoy más presente que nunca o si simplemente no quieres contestar. Me invade una sensación de soledad.”


Aquí el ego-puente se vuelve silencio. No responde con palabras, sino con presencia. En los estados ampliados de conciencia, la mente narrativa se suspende y el ego aprende a no intervenir. Stanislav Grof describió estos momentos como estados no ordinarios donde la psique accede a capas profundas de memoria, emoción y significado. Sin un ego suficientemente flexible, estas capas pueden vivirse como amenaza; con un ego-puente activo, se transforman en información.

Salto.

  • “Supongo que no tengo tu respuesta porque sigo intentando comprender con la mente que siempre quiso entenderlo todo. Esa misma sed, la de comprenderte, comprenderme. A ratos, me agota. Siento como el temor viene a mí. Suelto un llanto y comienzo a sentir todo fuera de mí, incluso el temor, el amor, mis memorias, mis penas y hasta mis alegrías.

Sigo sintiendo el humo denso en mi boca, cómo se expande por mi cuerpo como una sensación de una bala entrando en mi cerebro. Hay un olor que me recuerda lo no-dual. De la densidad del humo paso a flotar, como un maniquí suspendido en el universo. Todo es oscuro aquí y a la vez todo se ve con tanta claridad.

En una de esas ironías que tiene la vida, recuerdo una pregunta que suelo hacer en consulta: Si estuvieras solo(a), flotando en el universo, ¿podrías decirme quién eres?

Y el humo me lleva exactamente ahí. A preguntarme quién soy. A observar cómo aparecen otros maniquíes flotando a mi alrededor en el universo.”

El ego-puente también se cansa. Sostener lo desconocido requiere energía psíquica. Michael Washburn hablaba de una regresión al servicio de la trascendencia: volver a capas primitivas del ser no para perderse en ellas, sino para integrar lo que quedó descubierto. El cansancio aparece cuando el ego deja de defender y comienza a escuchar.


Aquí el ego-puente adopta forma simbólica. Ya no organiza con conceptos, sino con imágenes. Los maniquíes no son otros: son fragmentos del yo, identidades congeladas, roles que alguna vez sostuvieron la supervivencia. James Fadiman sugiere que la integración ocurre cuando somos capaces de relacionarnos con estas imágenes sin identificarnos del todo con ellas.

Salto.

  • “Sé que me escuchas, Ego. O al menos empiezo a verte y a sentirte, igual que a los otros maniquíes. Comienzo a sentir como a través de la vibración en mi cuerpo generada por este humo denso, también tomas mayor presencia.”


El silencio que aparece no es vacío; es un espacio de encuentro. El ego-puente crea este silencio fértil donde nada se explica del todo, pero todo se siente con mayor verdad. Se necesita de ese silencio para el encuentro. El silencio que no distrae.

Salto.

  • “Comienzo a ver como escribes frases en los cuerpos de los maniquíes, frases que aparecen y desaparecen de los cuerpos flotando. Tratando de leer algunas solo logro distinguir una palabra en especial –“Supervivencia”. Frases antiguas, cargadas de dolor. Frases que guardaste y me haces revivirlas. Comienzo a ver textos sobre los maniquíes que comienzan a desfragmentarse”

El ego guarda memoria. No solo recuerdos, sino narrativas completas sobre quién creemos que somos. Verlas afuera es parte del trabajo del ego-puente: externalizar para poder resignificar.


Algo se acomoda. Ya no hay lucha. El ego se deja ver sin soberbia y reconoce su verdadera función: estar al servicio de la integración. Me fragmento junto a mis creencias y, en esa fragmentación, logro ver mis zonas con mayor claridad.

Salto.

  • “No reniego de ti. Te abrazo. Las frases escritas en los maniquíes pierden su rigidez y se transforman en símbolos. Te propongo un acuerdo, Ego. No voy a negarte, ni negarme. Sin juicio, observo nuestras zonas de vergüenza, aquello que escondemos y que solo tú y yo conocemos.

Estamos agotados de sostener la máscara de la perfección. Te siento frágil, cargado de rabia. ¿Quieres seguir sosteniendo la máscara que tanta neurosis nos entregó? Yo ya no. Quiero soltarla. Comienzo a sentir los sonidos exteriores por fin.”

Aquí el ego-puente se vuelve alianza: el ego deja de ser máscara y se convierte en mediador. No desaparece; se vuelve honesto.

Me invita a formar este puente entre lo que fui, lo que soy y lo que aún no tiene nombre.

Salto.

  • “¿Los maniquíes ya no están? Solo queda el placer del humo denso y la sensación de haber jugado con el tiempo, de haberlo sentido infinito en apenas quince minutos. Tomo este placer en honor a nuestra nueva alianza.”

Aterrizada.


Ego puente y ego prisión

A esta altura del viaje, puedo nombrarlo con más claridad y traerlo a lo cotidiano, a lo humano.

Un ego-puente es una función del yo que se vuelve flexible, honesta y mediadora. No intenta controlar la experiencia ni desaparecer en ella. Sostiene, traduce, conecta.

Permite que lo vivido, emociones intensas, recuerdos dolorosos, estados ampliados de conciencia, crisis vitales, pueda cruzar hacia la vida diaria sin rompernos ni desorganizarnos.

En la vida cotidiana, el ego-puente aparece cuando:

  • Podemos sentir una emoción difícil sin actuarla ni negarla.
  • Somos capaces de decir “esto me duele” sin quedar atrapados en la herida.
  • Algo nos transforma, pero no necesitamos explicarlo todo ni convertirlo en identidad.
  • Aceptamos que una experiencia nos cambió, sin exigirle que nos defina por completo.

El ego-puente acepta no saberlo todo. Comprende que su fuerza no está en la rigidez, sino en su capacidad de relacionar: lo profundo con lo cotidiano, lo simbólico con la historia personal, lo transpersonal con la vida encarnada.

En contraste, un ego-prisión se forma cuando el yo se endurece en su intento de protegerse. Aparece cuando el miedo a sentir es mayor que la confianza en sostener. El ego-prisión no integra la experiencia: la encierra.

En lo cotidiano, el ego-prisión suele manifestarse cuando:

  • Necesitamos explicarlo todo para no sentir.
  • Convertimos una experiencia en una etiqueta fija: “yo soy así”, “esto me pasó y me define”.
  • Nos refugiamos en la perfección, en el rol terapéutico, espiritual o racional para no mostrar fragilidad.
  • Evitamos el contacto emocional profundo por temor a desorganizarnos.

Aunque parezca una forma de seguridad, el ego-prisión termina siendo aislamiento. Protege del dolor inmediato, pero también bloquea la transformación.

La diferencia entre uno y otro no está en tener o no ego, sino en cómo este se posiciona frente a lo desconocido: si construye muros o si se vuelve puente.


Algunas claves para formar un ego-puente

No son técnicas ni objetivos a alcanzar, sino gestos cotidianos de cuidado psíquico:

  • Habitar el cuerpo después de experiencias intensas: caminar, respirar conscientemente, dormir, alimentarse. El cuerpo es el primer lugar donde el ego-puente se asienta.
  • Poner palabras sin forzarlas: escribir, hablar, dibujar. Nombrar no para cerrar, sino para abrir espacio.
  • Aceptar la incomodidad: el ego-puente tolera no comprender de inmediato. La integración necesita tiempo.
  • Observar las máscaras: notar cuándo aparece el control, la autosuficiencia o la espiritualización como defensa.
  • Buscar un otro confiable: un espacio terapéutico donde la experiencia pueda ser sostenida sin ser interpretada prematuramente.

Un cierre para ti

Si llegaste hasta aquí, quiero decirte algo con claridad: no necesitas deshacerte de tu ego ni forzarte a comprender todo lo que te ocurre. El trabajo no es eliminar partes de ti, sino aprender a relacionarte con ellas. Integrar este trabajo de Ego Puente no solo se logra con sustancias, también la terapia y otras herramientas te permiten integrarlo. No recomiendo integrar psicodélicos sino te sientes preparada o preparado, los estados distintos de conciencia no son para todos y todas, y eso, está perfecto.

En este espacio terapéutico, el objetivo no es llevarte más lejos de ti, sino acompañarte a construir un ego que pueda sentir sin romperse, mirar sin huir y transformarse sin perderse.

Ese es el ego-puente que buscamos: uno que no te encierre, sino que te permita volver a ti con más verdad, más suavidad y más presencia.

A continuación te dejo un ejemplo más claro de como modificar un ego-prisión a un ego-puente:

Un ejemplo cotidiano: la soberbia como ego‑puente o ego‑prisión

La soberbia suele entenderse solo como un defecto, pero en realidad es una estrategia del ego. Una forma aprendida de proteger la vulnerabilidad, el miedo o la herida.

La diferencia no está en que la soberbia aparezca o no, sino en qué hacemos con ella.

Cuando la soberbia funciona como ego‑prisión
La soberbia se endurece y se vuelve identidad. La persona se aferra a la idea de “yo sé”, “yo puedo solo”, “yo estoy más despierto que otros”. No hay espacio para la duda ni para el error.

En lo cotidiano esto se ve cuando:

  • Necesitamos tener la razón para no sentir inseguridad.
  • Usamos el conocimiento, la espiritualidad o el rol profesional como escudo emocional.
  • Nos cuesta pedir ayuda porque lo vivimos como debilidad.
  • La crítica del otro se siente como ataque y se responde con defensa o distancia.

Aquí la soberbia encierra. Protege del dolor inmediato, pero aísla del vínculo y del aprendizaje. El ego se vuelve prisión porque no permite contacto real con el otro ni con la propia fragilidad.

Cuando la soberbia se transforma en ego‑puente
La soberbia no se elimina, se reconoce. El ego ya no necesita negarla ni actuarla. Puede decir internamente: “esto que aparece es una defensa”.

En lo cotidiano, con la soberbia, el ego‑puente aparece cuando:

  • Podemos notar la soberbia sin juzgarnos ni justificarnos.
  • Nos damos permiso para bajar la guardia y admitir que algo nos duele o nos supera.
  • El saber deja de ser identidad y se vuelve herramienta.
  • La relación importa más que tener razón.

Aquí la soberbia se vuelve información. Señala un punto sensible que necesita cuidado. El ego‑puente permite que esa defensa se suavice y se transforme en humildad encarnada, no como ideal moral, sino como experiencia viva.

Integrar la soberbia no es humillarse ni destruir el ego. Es permitir que el yo deje de protegerse a través del aislamiento y pueda volver al vínculo. Como ejemplo poder pedir ayuda.

Ese es el movimiento del ego‑puente: no negar lo que somos, sino aprender a relacionarnos con ello sin quedar atrapados.

Y desde ahí, seguir viviendo…

Espero que este articulo sea de ayuda para todo aquel que se explora de forma consciente. Gracias por leer. Ahora toca integrar.

¿Qué zonas de ti necesitan con urgencia realizar la transición de ego prisión a un ego puente?.

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Pame at 5:43 pm, enero 23, 2026 - Reply

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